Herramienta de seguridad para el siglo XXI

El sector de la cooperación cultural posee un potencial inigualable para la transformación social y económica de los pueblos. Pese a ello, en la literatura es poco recurrente analizar el impacto de la cooperación cultural sobre los procesos de paz y conflicto. Por ello, este artículo sostiene la tesis de que la cooperación cultural es una herramienta útil para construir la paz aunque, paradójicamente, la cultura puede ser instrumentalizada a veces para potenciar los efectos de la guerra. Asimismo, este artículo analiza la importancia de adoptar ópticas poswestfalianas (Sanahuja, 2014) en el análisis de los actores, instituciones y legislaciones que afectan al sector de la cooperación cultural.

De manera particularmente acentuada tras la Segunda Guerra Mundial, el sector de la cooperación cultural ha podido constatar un impulso notable en el escenario internacional. Éste se ha prolongado hasta nuestros días, al considerarse cada vez más importante su función como instrumento de paz en un contexto de globalización que genera interdependencias y necesidades de entendimiento intercultural cada vez más profundas. Con el advenimiento de los 80 se experimentarían profundos cambios en el concepto de política de cooperación cultural como resultado de los movimientos contraculturales y de liberalización de la cultura. Desde entonces, la cooperación cultural ha cambiado sustancialmente en términos metodológicos, otorgando mayor prioridad a los proyectos que a los arreglos institucionales y centrándose progresivamente en enfoques de trabajos bottom up. Ello podría ayudar a explicar, por ejemplo, la inexistencia de una política de cooperación cultural europea única y común (Weber, 2003).

Sin duda, hay muchas formas en las que la cultura se vincula con el desarrollo (Sotillo, 2011). La UNESCO, por ejemplo, recoge el impacto de la cultura en el desarrollo de dimensiones como la economía, la educación, el patrimonio, la comunicación, la gobernanza, la participación social  o la igualdad de género. No obstante, desde una óptica más heterodoxa, este artículo propone tratarla aquí también como un instrumento de seguridad ontológica.

La seguridad es la premisa previa para construir el desarrollo y la consecuencia posterior de una determinada concepción cultural de la vida. Es imposible desarrollarse material o espiritualmente cuando las condiciones del entorno tangible y cognitivo irradian inseguridad, riesgo o miedo. Así pues, la cooperación cultural presenta un rol de importancia fundamental para el desarrollo en tanto que protege el patrimonio intangible o la sabiduría colectiva de los pueblos así como también sus cosmovisiones, sus experiencias, su identidad, sus miedos y sus aspiraciones de trascendencia. En la dimensión cognitiva, la cultura puede ser planteada, al igual que la ciencia, como agente de inseguridad cuando se utiliza para desencadenar dilemas de seguridad, choques de civilización (Huntington, 1996) o tensiones hermenéuticas en términos históricos, como ocurre con las polémicas sobre la cooperación entre los museos de guerra sino-japoneses. No obstante, de manera opuesta, la cultura puede ser fuente de desarrollo espiritual y de enriquecimiento o acercamiento de los pueblos fomentando la creatividad cultural y el la aparición de círculos virtuosos de desarrollo intercultural en todas las dimensiones de la vida social.

Tradicionalmente la cooperación cultural se ha venido realizando a través los acuerdos alcanzados por los actores estatales mediante negociaciones bilaterales (Villarroya, 2010: 2) o a través de programas generados en el marco de Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno. Esta forma de cooperación estatal clásica, no obstante, ha visto en los últimos años un proceso de complementación con el papel de la sociedad civil y las organizaciones no gubernamentales, favoreciéndose un sistema de cooperación mucho más complejo y matizado. Asímismo, se ha producido una regionalización importante en este fenómeno de cooperación cultural y científica al desarrollo. Los tipos de cooperación más recurrentes en el sector suelen tener que ver con programas de intercambios de estudiantes, programas de formación, asistencia técnica, programas de partenariado internacional, la organización de eventos culturales o la firma de acuerdos de co-producción (Villarroya, 2010: 4).

En el escenario internacional, strictu sensu, la cooperación cultural está circunscrita a la labor de las instituciones internacionales y otras entidades, estando cada vez menos aceptada la categoría de “internacional” para referirse exclusivamente al tradicional enfoque westfaliano de cooperación cultural estatal. Hoy día, la punta de lanza para la cooperación al desarrollo cultural y científico internacional está representada por la UNESCO, es decir, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Paralelamente, en el enfoque regional se observa la participación de múltiples instituciones como la OEA, la OCDE o el Consejo de Europa, entre muchas otras. No obstante, los Estados siguen manteniendo una importancia considerable a través de la llamada diplomacia cultural, con la que se persigue la cooperación bilateral, multilateral  e institucional. A todos estos actores se debe añadir también el papel de la sociedad civil, de los círculos de artistas, de las organizaciones no gubernamentales, etc.

Analizando el tratamiento dado por los principales actores a este sector se debe destacar que los principales documentos para establecer internacionalmente un marco de cooperación cultural han sido los desarrollados por UNESCO en la Declaración de principios para la Cooperación cultural internacional de 1966 y la Convención para la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales. Asimismo, en abril de 1972 se recogería la Declaración de Arc-et-Senansseguida, una década más tarde, de la Declaración de México sobre políticas culturales que señala que “las relaciones de cooperación entre las naciones deben evitar cualquier forma de subordinación o de sustitución de una cultura a otra.” En la década de los 90, UNESCO promovería el Decenio Mundial para el Desarrollo Cultural (1988-1997). Otros textos importantes fueron el Documento Final del Coloquio de Cracovia sobre Patrimonio Cultural de 1991 y la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea de Niza de 2001. No obstante, los tratados y acuerdos existentes son innumerables y no están exentos de sesgos regionales. En el caso de la UE, por ejemplo, se había constituido entre 2000 y 2004 el programa Cultura 2000 mientras que en 2007 se había aprobado la Agenda Europea para la Cultura en el Mundo Globalizado; en 2011, la Resolución del Parlamento Europeo sobre las dimensiones culturales de la acción exterior de la Unión Europea y, más recientemente, se han creado instituciones como el Colegio Europeo de Cooperación Cultural.

Por todo lo señalado anteriormente, conviene tener presente que el sector de la cooperación cultural posee infinitos condicionantes aplicados a diferentes contextos regionales, temporales, geopolíticos y simbólicos. Sin embargo, para mejorar su eficacia en términos globales se requiere de una mayor coordinación institucional de los esfuerzos de las ONGs y la sociedad civil por un lado, y de una profundización en la colaboración diplomática multilateral y más horizontal en ámbitos como las Naciones Unidas y sus órganos dependientes como UNESCO, por el otro.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *